Romper el silencio


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La sirena de la Zona Franca anuncia la salida. No tiene prisa, se quita el uniforme de trabajo y el pañuelo de la cabeza. Afuera, el bochinche de siempre. Los buses hasta el alma, los taxis pitando en una fila interminable. El policía de tránsito puteando a los choferes. Es viernes. Decide no irse en bus, prefiere pagar más que arriesgarse a que le roben el salario de la semana, aunque sea una miseria lo que le pagan por la cachimbeada de las seis de la mañana a las cinco de la tarde, sólo con un descanso para su Coca con quesillo donde la Chena que es lo más barato, el tiangue de enfrente, donde como moscas, un centenar de trabajadoras hacen fila para dar “el golpe” en los veinte minutos de descanso, antes que los chinos explotadores aparezcan con un silbato y un megáfono a arrearlas, como si fueran ganado.


Ella siempre ha sido disciplinada. No es chiche estar sin trabajo, aún en ese brete de pegar zíperes todo el día, peor es estar desocupada o matándose de doméstica, como ya estuvo una vez allá en uno de los nuevos repartos de casas, como las de Miami, con su porchecito y su garaje de lujo, aguantando a los nuevos ricos, que son los peores, cocinando, planchando, aseando la casa, lustrándole los zapatos a los chavalos, servir bocas cuando llegan los amigos del patrón a beber guaro que además le quedan viendo el culo, y hasta bañar al perro, que para colmo es un animal enorme y peludo que además se vive cagando cerca de la cocina y para variar, ella también tiene que limpiar la caca.


Para un taxi que lleva dos mujeres en el asiento de atrás y un maje adelante. Pregunta al taxista por cuánto la lleva por el puente El Edén. - Jesús amor, le dice el taxista, lo mismo de siempre, y ella no le para mucha bola y se mete al carro sacando manteca junto a las dos mujeres que vienen del lado de Tipitapa. El hombre que va a la par del chofer trabaja en la Zona Franca, lo ha visto de vez en cuando. Ahora lo mira pero le aparta la mirada, no vaya a creer el muy de a verga que lo está matizando para que se vayan por ahí, como hacen algunas de sus compañeras bacanaleras que le han contado que después del trabajo, los viernes, agarran la calle y se van a bailar al Quetzal y después se van a ver el show de mujeres en pelotas donde Polanco, que en realidad es un verdadero putero, pero donde llegan hasta diputados y ministros del gobierno.


Otras veces terminan donde la Mama Naya, o quién sabe dónde, porque me han dicho que se hartan tanto guaro que hasta tienen lagunas en el cerebro. Me imagino que al día siguiente andarán buscando como quitarse el tufo a guaro y a hombre ajeno. Arranca el taxi con la radio sintonizada en la Nueva Radio Ya. El Súper Reportero, a gritos, informa sobre los problemas que han causado los últimos aguaceros en los barrios populares y la desgracia de no tener un gobierno sandinista con un líder como Daniel que ya andaría de barrio en barrio, buscando como resolver los problemas.


Ella piensa en las goteras de la cocina, el comedor y la última de anoche, que cae bien cerca del televisor que tanto le costó comprar al fiado en la Curacao, sólo para darse el gusto, el único que tiene, ver la telenovela colombiana, porque la verdad que a su marido Macario, además de llegar todos los días hasta los breques, borracho, exigiendo comida y puteando a todo mundo, incluyendo a su pobre mama que vive con ellos desde que está tullida en un taburete, nadie puede tocarle el televisor los domingos porque él ve sus partidos de béisbol, su película mexicana o los videos pirateados que compra en el Huembes.


Con media docena de cervezas que manda a fiar a la pulpería de la esquina. Se aplasta en el sofá, sin camisa y de short, y ya cuando está bien bolo, le da por llamarla a ella, que venga que no sea babosa, que las trompadas de ayer son una nada comparándolas con el amor que le tiene a ella, que no ande creyendo que tiene una querendengue, que son puras tapas de sus amigas, y de esa tal organización de lesbianas comunistas.


Macario le dice que si consigue trabajo pronto la llevará a bailar a las Conchas Negras. La Juana, desde el lavandero, está sacándole la mugre a los uniformes de los chavalos, y se pregunta si vale la pena seguir en ese plan. Sus palabras le suenan en el cerebro como el viejo estribillo de aquella canción en un gastado disco de Javier Solís: “Llévame si quieres hasta el fondo del dolor, hazlo como quieras, por maldad o por amor...”


Las dos mujeres se quedaron cerca del barrio Pedro Joaquín Chamorro, el hombre sigue adelante, hablando con el chofer sobre el robo de Byron Jerez y de que él fue un combatiente sandinista pero que ahora, después del pacto de Daniel y Alemán, no se vuelve a meter en ni mierda de la política. Mirá broder -le dice el chofer-, la verdad es que ningún hijueputa del gobierno te va a dar de hartar. Yo me vuelo catorce horas en este taxi alquilado y con el culo hirviendo me bajo a las siete de la noche y a veces no me alcanza ni para una leche´agria.


Ella sólo escucha mientras se pinta los labios y se delinea las cejas. A la Juana le entran unas ganas horribles de no ir a la casa. Lo viene pensando hace varias semanas. La última vez que Macario la turqueó, le dejó un ojo morado y los labios reventados, y perdió tres días de salario y una amonestación del chino supervisor que le gritó: “Aquí soblan las manos, si mujel vuelve a faltal va de viaje pala fuela...!”. El tal Sindicato lo único que hizo fue decirle que si no se ponía al día con su cotización, no podían ayudarle en nada. Y recordó cuando tenía dieciocho años, gritando a todo galillo en la Plaza de la Revolución: ¡Poder Popular... Poder Popular...!


Cuando va llegando al Puente del Edén, busca en la cartera la billetera para sacar los quince pesos de la carrera del taxi. Ve en la retratera la foto de su casamiento. Se le encharcan los ojos y está a punto de bajarse, cuando le dice al taxista: -Voy a seguir hasta la rotonda de Santo Domingo. Le paga con un billete de a veinte al taxista y éste le da cinco pesos vuelto. Le dice que por favor la deje en la gasolinera nueva. El hombre de adelante le queda viendo las piernas cuando la Juana baja del taxi y piensa: “Esta maje tiene su trompo enrollado por aquí, lástima, porque está poderosa...” Adiós amor, le dice el chofer, y el de adelante se atreve a decirle: “Cosita rica, si no llevás prisa nos lanzamos una bicha donde el chino de Plaza del Sol...”


Ella tira la puerta con violencia, y recuerda los portazos que Macario daba cuando llegaba borracho todos los días y empezaba a pegarle a los cipotes y a insultar a su madre. -Todos son unos animales”, le gritó casi en la cara al hombre y caminó a la tienda de la gasolinera sin saber qué jodidos iba a hacer. El Cristo de la Rotonda seguía con los brazos en cruz, mientras dos muchachos asaltaban con un cuchillo a un motociclista y salían en carrera con una mochila a meterse al barrio donde la Policía tiene miedo de entrar.


La primera vez que Macario le pegó fue un domingo en la noche. Había decidido no esperarlo y le dijo a su madre que iba ir al cine con una amiga. Al regresar, Macario estaba como un loco. Había quebrado el televisor y lanzado al patio los trastos de la cocina. Con un cuchillo le había dejado en tiras sus mejores vestidos, y el espejo del cuarto, tan bonito, con marco de yeso pintado en dorado, adquirido en el Oriental, lo hizo añicos. Cuando vuelva esa puta la mato, le había dicho a su suegra, que temblaba sentada en su taburete, donde los chavalos muertos de miedo, se abrazaban a ella. Macario los amenazaba con un chilillo en lo que se apareció la Juana en la casa.


Ya lo había decidido, cuando conversando con su amigo del Bar “Los Almendros”, esa tarde la Juana le dijo:


Si no lo dejo hoy, lo mato.


Lo demás ya es noticia vieja que salió con detalles y fotos en la página roja.


Managua, Nicaragua, 2008