El hermoso rostro de la muerte



Hablamos de la muerte como algo ajeno a nuestras vidas.

¡Hasta que nos topamos con ella, cara a cara, enseñándonos

sus perfectos dientes y sus hermosos ojos…! (LEMG)


La primera vez que vi una foto de María Félix, en una postal en blanco y negro que mi padre tenía bajo el vidrio de su escritorio, no sé por qué razón pensé que así debía ser el rostro de la muerte.


Hermosa y misteriosa, María Félix, la diva, el mito y la diosa de México, uno de los íconos más importantes del cine latinoamericano. Vestida de negro, y con su reboso de seda, era como estar viendo a la mismísima Llorona. Siempre fue una leyenda. Abundante y negra cabellera, cejas arqueadas, ojos brillantes, como dos tizones en la madrugada, y sus dientes perfectos, hacían de ella un verdadero monumento, digna representante de la belleza femenina de nuestro continente mestizo.


Al saber que en su país le decían La Doña, por su impresionante actuación en la película Doña Bárbara, yo me imaginé a La Doña con su guadaña. Uno de sus personajes fue precisamente Doña Diabla. Enterró a todos sus maridos y amantes: Jorge Negrete, Agustín Lara, Enrique Álvarez y Jorge Berger. Sólo su última conquista a primera vista, el pintor descendiente de inmigrantes rusos, Antoine Tzapoff, veinte años menor que ella, le sobrevivió. Dicen sus biógrafos que el pintor le prometió retratarla cada vez más joven. Ese fue su verdadero pacto de amor y de muerte…


No se dejó retratar más que por Diego de Rivera y Leonora Carrington. Y en los últimos años de su vida por su marido. Aceptó posar para algunos fotógrafos que ella suponía tenían un pacto con el diablo, o alguna relación con la huesuda. Posaba para ellos, casi como haciéndoles el amor en sus residencias de Polanco y Cuernavaca, pero también los dejaba plantados cuando ella estaba de mal genio, que era muy seguido.


Esta devoradora de hombres, como también se le conoció a la María Bonita de Lara, fue también La Generala, María la Bandida, La Valentina, la María Gallo, Doña Bárbara, La Diabla. Más que títulos de sus películas, sinónimos de su porte y gallardía. Sorteando a la muerte en medio de la Revolución Mexicana, con un rifle en la mano, como la Adelita, levantando heridos de muerte y dejando a su paso incontables heridos de amor.


Ella misma decía que era una mujer con corazón de hombre. Quizás por eso todos los hombres se miraban en ella como en un espejo, y se sumergían en un laberinto de pasiones que los dejaban embrujados, como jugados de cegua o endiabladamente enamorados.


Decía el escritor Octavio Paz que María Félix se inventó a sí misma, y la poeta Pita Amor le escribió: Ayer te vi rodeada por la tarde, ibas como un cuchillo desafiando el aire…


Sólo la muerte ha sido tan deseada como esta mujer.