El fin del mundo


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El cielo empezó a caerse a pedazos. Los edificios y casas se derrumbaron, las aguas del mar se tragaron las costas. Las islas desaparecieron, los volcanes volvieron a activarse e hicieron erupción. Desaparecieron ciudades, pueblos y comarcas enteras. Siguieron cayendo pedazos de cielo, como grandes espejos rotos. Los ríos crecieron y se llevaron hacia el mar los barrios marginales con su pobreza y su desesperanza. Miles de niños pasaron con la corriente, abrazados a sus familias, a sus hermanos huérfanos y a sus madres solteras. Avenidas, calles, carreteras y caminos, todo era una corriente infernal de adoquines, asfalto y lodo. Llovía fuego, agua, lodo y lava. El olor a muerte era insoportable. Entonces gritó.


El grito lo devolvió a la realidad en una sopa de sudor. La pesadilla era sólo la premonición de la noticia que esa noche escucharía en CNN en español, cuando el locutor de turno anunciaría el descubrimiento de una investigación de Isaac Newton. El prestigioso científico descubridor de la Ley de la Gravedad, y que se esforzó en descifrar lo que él consideraba que eran conocimientos secretos, codificados en las escrituras sagradas de culturas antiguas y de otros archivos históricos. Newton estudió las profecías apocalípticas escritas en la antigüedad en las que se afirma, según el libro del profeta Daniel, en el Antiguo Testamento, que el fin del mundo llegaría en el año 2060.


Por su parte, los abuelos Mayas, aseguran en sus códices, que en diciembre del 2012 empezará un nuevo ciclo. Quizás entonces sea el principio del fin. Cuando se detuvo frente al semáforo en rojo, un niño se le acercó a pedirle algo para comer. En los ojos del niño vio el futuro. Ya es tarde, dijo, y lloró al recordar que su hija estaba embarazada. Apenas tendrá cincuenta y siete años mi nieto cuando esto suceda, pensó. La ciudad despertaba, como siempre, “con un sol de encendidos oros”.